viernes, 13 de abril de 2007

Cuento "El Duelo"

Nunca nadie supo el por qué, o el por qué era tan viejo que nadie se acordaba, la cosa es que para el caso es lo mismo. El abuelo Gallito de Agua y el abuelo Garza Mora no se hablaban hacía años. Y no es que no se hayan visto en años, no. Viviendo en el mismo bañado, es imposible no cruzarse llevando los polluelos al jardín de infantes, o haciendo las compras. Obviamente el gallito de agua abuelo y el abuelo Garza Mora se cruzaron infinidad de veces, pero nunca más se dirigieron la palabra. Lo cierto es que, cuando menos lo esperaban, los unió la tarde de domingo en la plaza del bañado. La familia completa de gallitos de agua estaba de picnic en unos irupés cuando, en los irupés vecinos, se asentó la familia completa de Garzas. Puntillosamente las gallitas y garzas mamás extendieron los manteles y, sobre ellos, depositaron riquísimas delicias y frescas bebidas. La pichonada no tardó ni un momentito en comenzar a correr por entre camalotes, juncos e irupés. Las madres se trenzaron en divertidas charlas, igual que los padres. Sólo los abuelos quedaron espalda contra espalda, apenas separados por el fino hilito de agua que separaba los dos platos de la bella planta. Ni una palabra. Los polluelos dieron dos mil quinientas vueltas por los alrededores y, como no podía ser de otra manera, después de tomar litros de jugo y comer cientos de apetitosos pedazos de torta, se sentaron y dijeron casi al mismo tiempo en las dos familias:
—Estamos aburridos, aburridos no, muy aburridos, requetecontra aburridos. En esta plaza no hay ni un miserable cyber, ni siquiera electricidad para enchufar la play.
—Bueno, –dijeron las mamás al unísono – hay otras cosas para hacer.
—¿Por ejemplo? –preguntaron los pichones a viva voz. La mamá Gallito dijo:
— Me parece que es un buen momento para que el abuelo les cuente una historia. –y acomodó a los plumosos pichones delante del anciano.
La mamá Garza dijo:
— Me parece que es un buen momento para que el abuelo les cuente una historia. –y acomodó a los plumosos pichones delante del anciano.
— ¡Síííííííí! –dijeron todos juntos, a todo pulmón– Queremos que nos cuenten una historia, pero no cualquier historia —y, sin esperar a que los abuelos se acomoden, agregaron:
—Queremos que nos cuenten por qué ustedes dos no se hablan. El silencio familiar se extendió a los demás visitantes de la plaza. Y en un segundito, que pareció eterno, y en el momento en que ambas mamás comenzaban a juntar sus respectivos polluelos pensando que, en ese mismo instante, se terminaría el pic-nic, el abuelo Gallito, levantándose y mirando al abuelo Garza, dijo: —Me parece que es un buen momento.
—Así es. –asintió el abuelo Gallito.
—Bueno, ¿y quién lo va a contar? – preguntó una garcita.
—Nadie va a contar nada. –dijo el abue Garza y añadió – ¿No es cierto, Gallo?
—Cierto. – asintió Gallo y saltó a la orilla.
Los polluelos, las mamás y los papás no salían de su asombro, tampoco el resto de los presentes en la plaza que se fueron juntando para ver cómo se resolvía la vieja cuestión. El abuelo Gallito, acomodando sus plumas, tomó distancia del abuelo Garza y, a pesar de la diferencia de altura, se paró firmemente sobre sus patas y levantó la mirada para sostenerla.
El abuelo Garza acomodó sus plumas al mejor estilo pistolero de película a punto de sacar su arma, y dijo:
— Acá estamos nuevamente Gallito, a la hora señalada, después de tanto tiempo, para terminar lo que una vez iniciamos.
—Así es. –confirmó el gallito y agregó– Hacé la raya.
Dando por reiniciada la partida de bolitas sin terminar que los había alejado hace tiempo. Con su larga pata, la Garza trazó una raya en la tierra lisita cercana al bañado, tomó unos pasos para distanciarse y, cuando el gallito estuvo a su lado, dijo:
— ¿Vos o yo?
—Vos primero. – dijo el gallito. La Garza Mora rebuscó en su bolsillo de plumas y sacó un puñado de bolitas y un balón. El abuelo Gallito de agua rebuscó en su bolsillo de plumas y sacó un puñado de bolitas y un balón.
—Vos primero. –volvió a decir el gallito.
Y justo cuando el abuelo Garza iba a tirar la primera bolita acercándola tal como dice el reglamento, lo más posible a la raya para saber quién comienza el juego, la pichonada invadió la cancha para ver qué era eso que habían sacado sus respectivos abuelos de los bolsillos. Ningún pedido fue lo suficientemente convincente para que los polluelos dejaran jugar la partida. Sólo se calmaron cuando, sentados en rueda, comenzaron a escuchar de los abues, cómo se jugaba a la troya, al hoyito, a la gallinita o la ratonera, o por qué las bolitas se llaman japonesas y son de vidrio, y qué es un balón o de dónde se saca un balón de acero, o cómo se hace para ponerle esos hermosos colores que tienen adentro. Las explicaciones dieron paso a la acción y los jóvenes gallitos y garzas dejaron de aburrirse y se compenetraron en los nuevos juegos. Al final de la tarde, cuando los pichones se sentaron nuevamente en la orilla, los abuelos les pidieron las bolitas y se intercambiaron, antes de despedirse, los balones en muestra de renovada amistad.

Con todo cariño a Don Ángel, Víctor Hugo y Juan Miguel…….que de bolitas saben un rato largo.

BIANFA

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